Cuando la vi desmayarse, vino a mi mente la escena de Chicago en la que Roxi fingía un desvanecimiento ante toda la prensa. Por un momento, temí que, al volver en sí, gritara como ella un "je suis enceinte!", palabras mágicas que abrirían la puerta de mi aula de español para que una turba de hermanos y primos hermanos, con el padre a la cabeza, hicieran rodar la mía por la tarima. Así que, no sé si fue la aprensión o el instinto de supervivencia lo que me llevó a proponer a tres de sus compañeras que la sacaran de la clase para que le diera un poco el aire.
Intenté reanudar mi explicación sobre el uso del imperfecto como si nada hubiese pasado, pero diez pares de ojos cargados de reproche dejaron mi ánimo como un colador. Afortunadamente, el timbre sonó justo antes de que abriera la boca para pedir clemencia.
Esperé a que la clase estuviera vacía y metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta. Ahí seguía la nota que Ikram había traído a mi despacho diez días antes: Yo estoy amorosa de usted.
Salí de la Facultad intranquilo. No sé de qué te preocupas, no tienes nada de que avergonzarte, tu comportamiento ha sido intachable.
Pero después vendrían las llamadas, las visitas en horas intempestivas, las fotografías en ropa interior. Yo me sentía como un niño que montan en bicicleta por primera vez y lo empujan cuestabajo: ya no había forma digna de frenar sin romperse los dientes (quizás la turba de padre, hermanos y primos hermanos se conformara sólo con eso).
No sé de qué te preocupas. Mañana irás a hablar con la responsable del departamento y le comentarás el caso.
Y entonces empezaron.
Al principio sólo eran imágenes inconexas: su piel canela especiada, mis dedos enredados en su pelo azulado, el olor a menta de la habitación. Luego comencé a sentir su tacto y la coraza de nolohagas que había ido construyendo a base de buenas razones se iba fundiendo cuando acariciaba mis sienes con el dorso de su mano.
Después llegaron ellos. Ojos que me perseguían por callejuelas tortuosas, que se multiplicaban por diez y por veinte, que ocuparon las esquinas de mi cuarto, que me herían con el filo de sus pupilas. Durante tres días vagué con la mirada fija en esos ojos, haciendo lo posible por no quedarme dormido, procurando no bajar la guardia.
Por recomendación del responsable de Relaciones Internacionales, volví a casa. Tardé seis meses en recuperarme, y un año entero en atreverme a abrir un email que Ikram me había enviado el día de mi partida.
Estimado profesor: Siento su vuelta a España. Siento la nota que le he dado. Espero que me disculpará. No he sido cortés. Usted ha sido un caballero.
Esa misma noche, volví a ver los ojos en las cortinas de mi cuarto. Brillaban como la sangre.
lunes, 26 de abril de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
PARASIEMPRE
- Después de veinte años casados, seguimos sintiendo lo mismo el uno por el otro - confesó el ministro de Obras Públicas a la peridista mientras elucubraba con la posibilidad de medirle con la lengua el canalillo de su escote.
- Así es -corroboró su esposa observándolo con los mismos ojos húmedos que el día de su boda, sin poder apenas contener las lágrimas.
- Así es -corroboró su esposa observándolo con los mismos ojos húmedos que el día de su boda, sin poder apenas contener las lágrimas.
HOMEOPATÍA
Él se sienta en la mesa de trabajo y apenas levanta la vista una o dos veces cuando algún compañero suelta una carcajada sonora. No es consciente de que ella lo acecha desde el puesto informático número 3 y está a punto de entrar en acción.
Meses después, con los ojos hinchados y el pulso tembloroso, sigue rindiéndose al leve contacto físico que a él lo mata y a ella le devuelve la vida.
Meses después, con los ojos hinchados y el pulso tembloroso, sigue rindiéndose al leve contacto físico que a él lo mata y a ella le devuelve la vida.
viernes, 5 de marzo de 2010
MARCADA
Era como una actriz de los años dorados de Hollywood, de no ser por una cicatriz en forma de cuña que se apoyaba sobre la ceja izquierda y la convertía en mortal. Fue un descubrimiento casual y tuvo lugar cuando la vio retirarse el flequillo con el mismo bolígrafo con el que le señalaba aquellos espacios donde debía firmar.
¡Atrévete si tienes huevos!
Dudó unos segundos y levantó la cabeza para comprobar si el exabrupto había salido de esos labios finos iluminados con carmín. Después se giró hacia atrás y sólo vio a dos jubilados esperando su turno, así que sacudió levemente la cabeza y volvió a mirar el contrato.
¡Pringao!
Esta vez no tenía dudas. Aquellas palabras venían de la empleada del banco, que ahora había abandonado su semblante distraído y comenzaba a mirarlo con cierta preocupación. ¿Ocurre algo, señor Gracia? Si hay algún problema, volvemos a echarle un vistazo al contrato -dijo aquella diosa por exorcizar sujetando su flequillo con una horquilla para estar más cómoda.
Y entonces la vio.
La cicatriz le sonreía burlona y comenzaba a moverse.
¡Capullo!
Echó la silla hacia atrás y no pudo evitar un grito. Los demás empleados del banco dirigieron sus miradas hacia la mesa y los jubilados empezaron a murmurar a sus espaldas. Se disculpó como pudo y firmó con mal pulso en los tres espacios señalados por sendas equis, que bien podían haber sido cruces. Sellaron el acuerdo con un apretón de manos y cuando se daba la vuelta para marcharse volvió a escucharla.
¡Ja!
Se detuvo en seco. Sonrió a lo Eastwood, se giró muy despacio hasta tenerla frente a frente y allí la apuntó con la mirada, desafiante. Sin apartar la vista, conteniendo la respiración, llevó la mano lentamente hacia el pantalón y con un ágil movimiento sacó de su cartera una tarjeta y se la ofreció a la empleada.
Permítame un atrevimiento. Es usted muy hermosa, pero no he podido evitar fijarme en su cicatriz. Yo podría hacer que desapareciera. Soy cirujano plástico y sería para mí un placer hacer esto por usted. Gratis.
La empleada aceptó la tarjeta con alguna reserva, pero él no se percató de ello. Sus ojos estaban fijos en aquella cicatriz, que de repente había empalidecido hasta hacerse prácticamente invisible.
¡Atrévete si tienes huevos!
Dudó unos segundos y levantó la cabeza para comprobar si el exabrupto había salido de esos labios finos iluminados con carmín. Después se giró hacia atrás y sólo vio a dos jubilados esperando su turno, así que sacudió levemente la cabeza y volvió a mirar el contrato.
¡Pringao!
Esta vez no tenía dudas. Aquellas palabras venían de la empleada del banco, que ahora había abandonado su semblante distraído y comenzaba a mirarlo con cierta preocupación. ¿Ocurre algo, señor Gracia? Si hay algún problema, volvemos a echarle un vistazo al contrato -dijo aquella diosa por exorcizar sujetando su flequillo con una horquilla para estar más cómoda.
Y entonces la vio.
La cicatriz le sonreía burlona y comenzaba a moverse.
¡Capullo!
Echó la silla hacia atrás y no pudo evitar un grito. Los demás empleados del banco dirigieron sus miradas hacia la mesa y los jubilados empezaron a murmurar a sus espaldas. Se disculpó como pudo y firmó con mal pulso en los tres espacios señalados por sendas equis, que bien podían haber sido cruces. Sellaron el acuerdo con un apretón de manos y cuando se daba la vuelta para marcharse volvió a escucharla.
¡Ja!
Se detuvo en seco. Sonrió a lo Eastwood, se giró muy despacio hasta tenerla frente a frente y allí la apuntó con la mirada, desafiante. Sin apartar la vista, conteniendo la respiración, llevó la mano lentamente hacia el pantalón y con un ágil movimiento sacó de su cartera una tarjeta y se la ofreció a la empleada.
Permítame un atrevimiento. Es usted muy hermosa, pero no he podido evitar fijarme en su cicatriz. Yo podría hacer que desapareciera. Soy cirujano plástico y sería para mí un placer hacer esto por usted. Gratis.
La empleada aceptó la tarjeta con alguna reserva, pero él no se percató de ello. Sus ojos estaban fijos en aquella cicatriz, que de repente había empalidecido hasta hacerse prácticamente invisible.
jueves, 25 de febrero de 2010
EN RUINAS
Al principio sólo era una grieta. No le di importancia. De vez en cuando me observaba con atención, acechante. Con el tiempo surgió una bifurcación y se convirtió en un animal bicéfalo, rabioso y hambriento de espacio. Cuando quise darme cuenta ya no podía detener la cascada. Cientos de fragmentos irregulares se golpeaban unos a otros y volvían a quebrarse antes de llegar al suelo. De momento, siguen ahí. Cuando les da el sol, brillan iridiscentes. Son mis pedazos y están de saldo.
sábado, 30 de enero de 2010
DE VERDAD
- Gustosamente te mentiría...- dijo alargando una mano hacia el espejo de pie.
- ...pero ya me lo he creído-respondió el espejo, sonriendo débilmente.
- ...pero ya me lo he creído-respondió el espejo, sonriendo débilmente.
viernes, 29 de enero de 2010
LA GRAN CITA
Estaba entreabierta, como acordaron. Sobre el parquet una nota: "para que no te pierdas". La leyó con media sonrisa y volvió a mirar al suelo. Unos zapatos negros de aguja, unas medias de seda casi transparentes,y un Lejaby de encaje con cristales de Swarovski. Avanzó sin hacer ruido hasta la alcoba y empujó suavemente la puerta, pero allí no le esperaba nadie. "Yo ya me he liberado, ahora libérate tú", decía el espejo en un Channel Rouge Allure.
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