miércoles, 5 de febrero de 2014

Y te sacarán los ojos.

Yo también sé crear imágenes y romperlas en mil pedazos. A veces juego a recomponerlas, pero me resulta más excitante ver saltar los fragmentos por los aires y comprobar cómo la curiosidad cría tuertos.

domingo, 29 de diciembre de 2013

PELUQUERÍA (Arte Sana III)

Desenredo historias de amor. Desenredar es un arte. Precisa de soltura y delicadeza, aptitudes que no están al alcance de cualquier mano. Recurrir al tirón es lo más cómodo, pero no lo más elegante, ya que deja en las clientas jaquecas horribles. Mi habilidad consiste en que puedo ver a través de la trama. Soy capaz de encajar las púas en espacios milimétricos y ejercer la fuerza mínima para que el peine se deslice suavemente, de la raíz a las puntas (los enredos deben tratarse desde la raíz). A cada pasada, el rictus derrotado de mis clientas se va relajando. Con media docena consiguo provocarles la primera sonrisa. Mi trabajo requiere discreción, así que no pregunto qué ven cuando cierran los ojos y dejan caer la cabeza en mis manos. Quizás maridos despidiéndose de sus amantes, o novios comprando flores, quién sabe si los observan a punto de coger el coche para venir a buscarlas a la peluquería.

Hoy he atendido a una nueva clienta. Llevaba gafas de sol y caminaba con una firmeza poco común entre las señoras que visitan mi casa. 

                  Corte radical, color chocolate y la promesa de que nunca atenderé a su marido.


He dudado un instante, no es mi especialidad, pero he agarrado las tijeras y con soltura y cierta delicadeza he ido cortando los cabellos en el lugar donde comenzaba una nueva historia. El sonido del metal seccionaba las carcajadas de aquella mujer y las iba esparciendo por todo el salón, perturbando la recién conquistada tranquilidad de mis clientas.

viernes, 27 de diciembre de 2013

CON MIS MEJORES DESEOS

Las palabras son traslúcidas. Tú no lo sabes, porque no las ves como yo. Si lo hicieras, no soportarías las Nocheviejas. Los buenos deseos se tiñen sutilmente de color maldición. Cuidado con lo que te desean: los mejores deseos llevan marcado el fracaso como marca de agua. 

Por eso el que los pronuncia, sonríe.

domingo, 10 de noviembre de 2013

PALABRAS II

Mi madre era un diccionario de sinónimos y contrarios. Poseía la homérica habilidad de acompañar cada sílaba acentuada con un sonido, y así el comportamiento “absurdo, estúpido y poco inteligente” del tarambana de mi hermano mayor era sancionado por el grifo, la ventana y la tapa del váter. Si existe algo similar al instinto de la poesía, mi madre poseía el equivalente a una lavadora de diez kilos de carga.

A mi madre le debo todos los sobresalientes en Lengua y un acentuado espíritu de contradicción que me permite advertir la estupidez en algunas manifestaciones de ingenio y cierta belleza en personas que normalmente pasan desapercibidas. Nada fuera de lo común, sólo una habilidad que redujo mi círculo de amistades a personas pacientes y con buen humor.

Nada fuera de lo común hasta el día en que recibí la visita de Jane.

Jane era casi una niña a sus veinticuatro años. Podía pasar perfectamente por una adolescente de instituto. Su forma de vestir y de caminar, agarrada con los dos brazos a su carpeta-chaleco-antibalas, parecían la de una cría de quince años. Jane siempre sonreía y siempre lo hacía a medias, como preparada para adoptar un rictus de seriedad si la mirada de cualquiera se lo ordenaba. Hablaba bajito o no hablaba, de modo que cada vez que debía arrancarse, por obligación, lo hacía con la misma habilidad con la que alguien monta en bicicleta después de quince años, sin saber muy bien cómo avanzar en línea recta.

- Sé que tienes poderes- desafinó. Y enseguida agachó la cabeza y de la carpeta-chaleco-antibalas sacó la foto de una mujer. – Quiero que la hagas fea. Puedo pagarte. Tengo dinero.

Miré la foto detenidamente y me pareció una de esas mujeres que debían despertar admiración y envidia, la verdadera guinda de la admiración.

“No sé qué tipo de broma es esta”- iba a contestar-, pero Jane empezaba a parecerme una lunática y esa carpeta abultaba demasiado como para contener solamente papeles.

- No puedo ayudarte, me temo. Nunca he poseído ninguna habilidad especial y menos todavía poderes- me disculpé, devolviéndole la foto.
- Dime lo que ves- insistió mostrándomela otra vez.
- Veo una mujer hermosa, de ojos azules y pelo negro brillante.
- Es muy guapa, ¿verdad?- preguntó con ansiedad.

Volví a mirar la fotografía.

- Lo sería más sin esa expresión fría de máquina registradora. Me la imagino calculando elogios en las miradas ajenas. Y tiene la sonrisa de un gato que acaba de devorar un periquito. Pero sí, es guapa.
Jane cerró los ojos con satisfacción. Parecía que había madurado diez años de repente. Me estrechó la mano y me dio las gracias. Antes de salir, me prometió que me pagaría. 

Al día siguiente recibí un sobre con una cantidad que sería poco decoroso nombrar aquí. Lo guardé en el cajón de la mesilla y esperé a que antes o después los tutores de la lunática vinieran a reclamarlo, pero nunca apareció nadie.

Hace dos meses me topé con Jane en el teatro. Ya no era la cría que recordaba de la extraña visita, sino una mujer preciosa. Iba acompañada de un hombre realmente atractivo que la miraba con devoción, al que no puedo ponerle la más mínima pega.

En realidad no iba tan preciosa. Estaba muy blanca, casi parecía enferma, y si  les soy sincera, no había llegado a quitarse de encima esa mirada de inseguridad ni ese molesto tartamudeo.

Tengo que confesar, a riesgo de pecar de vanidosa, que el atractivo acompañante de Jane se volvió a mirarme dos o tres veces durante la representación. De repente me sentía especialmente guapa y, no puedo asegurarlo, pero me pareció ver que Jane, sentada dos butacas más adelante, iba encogiendo poco a poco hasta hacerse muy pequeñita, minúscula, insignificante.

martes, 16 de julio de 2013

PEREZA

Me vigilan los asesinos que nunca fueron descubiertos, protagonistas de las novelas que no terminé de leer.

viernes, 12 de julio de 2013

PAREJA

     
       Querido, ¿por qué no escribes algo sobre mí en el blog?

No hacía ni cuatro meses que salía con ella y, sin embargo, ya le había contado de pasada que una vez escribí algo sobre una examiga, que si yo fuera una mujer en vez de un tío seguro que me habría dado cuenta de que daba bastante igual lo que hubiera dicho antes o después: "examiga" era un disparo que hacía que el resto de las palabras salieran en desbandada.

Y sí, lo escribí, ¿qué me costaba? No tengo críticos a los que decepcionar y sólo he de colocar los dedos encima del teclado para que mi cerebro dé vueltas como una hormigonera. Así que lo escribí, repito, y aunque soy especialista en tipos crueles, tristes y raros, traté de dejarla bien, porque intuía que, en caso contrario, la excusa de la ficción no me iba a ahorrar un buen saco de reproches.

Y la metí en mi blog.

La primera vez sólo me di cuenta de que la fuente y el tamaño de la letra habían cambiado y lo achaqué a la nueva aplicación para android, que solía desconfigurarme todas las entradas. Sólo fue el principio. Al día siguiente mi fondo de pantalla había adquirido un tono frambuesa (ella me había enseñado que los colores también se comen)  nada acorde con las mentes desgastadas de mis personajes, e incluso había aparecido la foto de un balcón de geranios en la página principal. Inquieto, comencé a revisar cada uno de mis relatos y comprobé horrorizado cómo ella los había invadido todos, sustituyendo en mi atrezzo literario las guillotinas, juguetes eróticos y botellas de vino por cintas andadoras, lechugas de todos los colores y agua mineral. No contenta con la redecoración, procedió a despedir a mis personajes canallas con la excusa de que aquello a partir de ahora sería una casa decente y hasta la femme fatale de la entrada del 2 de diciembre, a la que nunca le importó el ayer ni el mañana, me odia por algo que ella le ha confesado de mujer a mujer, tejemanejes femeninos con los que urden tapetes de ganchillo para espantar amantes.

Yo no he vuelto a abrir el blog y tampoco sé qué decir que no me haga dar con mis huesos en un sanatorio.

 A veces, cuando hacemos el amor, la miro y le pregunto:
- ¿Querida, por qué no te abres tu propio blog?
Y ella siempre me responde:
- Cariño, con un escritor en la familia tenemos suficiente.

Y se ríe como la femme fatale de la entrada de 2 de diciembre, mientras me propone un par de nuevas posturas que no sé dónde cojones las habrá aprendido.

sábado, 6 de julio de 2013

OLIMPISMO

Preparados.

                        Listos.

                                            Ya.
       

     
         Salí                                                                                                      disparada

       
            una g r a n  g  o  m   a   e   l   á   s   t   i   c   a                                            
                                                                                 
                                                                                   ideas    emociones                                                                                                                         
                                                                                                                 
                                                                                                                    abrasando                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  
                                                                                                                   mi espalda 
                                                                              
                                                                                                                                                                                                                                                                            
                incapaz                                      de                                                             controlar 

     
 el rumbo 
                   y             
                                  per
                                     dien 
                                         do 
                                           po   ten
                                               cia
                                                 has ta 
                                                ca er
                                                 en .
                                                      .
                                                      .
                                                     un
                                           p e q u e ñ o
                                        y    s   u   c   i   o
                                 c      h      a      r      c      o