jueves, 14 de abril de 2011

ESCAPARATE

Después de cuatro años se había acostumbrado a ese hablar tortuoso, como si las palabras le atorasen los conductos vocales. Pero hasta aquel viernes no se percató de que tomaban cuerpo y salían expulsadas entre flemas blancas. Primero fue un dedo, luego otro, una boca entreabierta y un pecho con un pezón erecto. Caían contra el asfalto caliente y dejaban un olor a plástico quemado que se le iba pegando a la piel hasta convertirla en maniquí de segundas rebajas.

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