domingo, 29 de diciembre de 2013

PELUQUERÍA (Arte Sana III)

Desenredo historias de amor. Desenredar es un arte. Precisa de soltura y delicadeza, aptitudes que no están al alcance de cualquier mano. Recurrir al tirón es lo más cómodo, pero no lo más elegante, ya que deja en las clientas jaquecas horribles. Mi habilidad consiste en que puedo ver a través de la trama. Soy capaz de encajar las púas en espacios milimétricos y ejercer la fuerza mínima para que el peine se deslice suavemente, de la raíz a las puntas (los enredos deben tratarse desde la raíz). A cada pasada, el rictus derrotado de mis clientas se va relajando. Con media docena consiguo provocarles la primera sonrisa. Mi trabajo requiere discreción, así que no pregunto qué ven cuando cierran los ojos y dejan caer la cabeza en mis manos. Quizás maridos despidiéndose de sus amantes, o novios comprando flores, quién sabe si los observan a punto de coger el coche para venir a buscarlas a la peluquería.

Hoy he atendido a una nueva clienta. Llevaba gafas de sol y caminaba con una firmeza poco común entre las señoras que visitan mi casa. 

                  Corte radical, color chocolate y la promesa de que nunca atenderé a su marido.


He dudado un instante, no es mi especialidad, pero he agarrado las tijeras y con soltura y cierta delicadeza he ido cortando los cabellos en el lugar donde comenzaba una nueva historia. El sonido del metal seccionaba las carcajadas de aquella mujer y las iba esparciendo por todo el salón, perturbando la recién conquistada tranquilidad de mis clientas.

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