jueves, 18 de agosto de 2011

ALIÑO

Mrs.Jeckyll recuperó el interés por su matrimonio el día en que confundió el último de los experimentos de su marido con la vinagreta rústica de cebolletas al huevo duro. Jamás se le pasó por la cabeza que mereciera la pena comentarle a Mr. Jeckyll, un estricto victoriano, que los efectos descontrolados de la pócima se debían más a su buen hacer como cocinera que a un error en sus cálculos químicos. Ni siquiera el Padre Parker, desconcertado con las últimas confesiones de Mrs. Jeckyll, podía asegurar que en sus actos hubiera otra cosa que abnegación de esposa interesada en mantener vivo el fuego conyugal. Si acaso, le aconsejaba  abstenerse de gritar oh Hyde, mister Hyde en los momentos críticos por ser esta una actitud que bordeaba peligrosamente la infidelidad.
De ahí en adelante Mrs. Jeckyll, obedeciendo los santos consejos del Padre Parker, se dedicó en cuerpo y alma a las artes culinarias. Tras varios meses de extenuante felicidad, Mr. Jeckyll abandonó este mundo dejando tras de sí una viuda compungida, una casa con 300 metros cuadrados de jardín y un incipiente negocio de vinagreta en el que casi a diario se formaban largas colas de abnegadas esposas.

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