viernes, 26 de agosto de 2011

LA MISIÓN

Tardó seis días en enviarme el código. Deberás identificarte, me explicaba en el correo electrónico. Esta es la dirección. Allí te facilitarán el paquete. No te explico más porque no creo conveniente que sepas con antelación de qué se trata. 
Apunté el código en el móvil porque no me veía capaz de memorizarlo. Iría al día siguiente, a mediodía. Calles desiertas y gafas de sol. No me encontraría a nadie, no tendría que dar explicaciones.
Caminé todo lo deprisa que me permitían los 39 grados de la avenida. Llegué al lugar indicado y abrí una gran puerta de cristal. Tardé en acostumbrar mi visión a la luz tenue del local. Sentí un agradable escalofrío. Me detuve, valoré la situación y avancé hasta el fondo, donde se sentaba una mujer rubia y guapa que me miró como si conociera mis intenciones.
- ¿Tienes el código?
Le enseñé el móvil y ella lo verificó con celeridad. Salió por una puerta lateral y volvió con un paquete marrón.
- Como ya te habrán advertido, debes abrirlo en mi presencia. Tengo que asegurarme de que el contenido es correcto.
Abrió el paquete pero me cedió a mí el honor de extraer el contenido. Lo hice despacio. Me latía el corazón.
Cuando lo tuve delante, sonreí. La mujer guapa, rubia, la más guapa y más rubia de todas las dependientas de la FNAC, abrió sus grandes ojos azules, miró la portada del libro y sólo acertó a decir:
- Luego dirán que somos iguales.


4 comentarios:

  1. Enhorabuena por este microrrelato, Ana. Genial, como todos los tuyos. Y enigmático. Pero no acabo de entender el final.
    Un abrazo,
    José María

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