martes, 29 de abril de 2014

DEPORTE

Todas las canciones no valen para caminar, ni todas las personas valen para ser felices.

Ser feliz es cansado, sobre todo cuando lo practicas saltándote los ejercicios de calentamiento. A nadie en sus cabales se le ocurre tratar de ser inmensamente feliz justo después de terminar El árbol de la ciencia, puesto que, como mínimo, te arriesgas a contracturarte los músculos cigomáticos, con el consiguiente periodo de reposo de felicidad (en el que solo se permiten lecturas de autores existencialistas y de programas electorales).

Cuando eres muy feliz durante un tiempo considerable, te conviertes en un deportista de élite de la felicidad. Entonces la presión de tu público es insoportable. Como bajes la guardia de una de las comisuras de tus labios, tus seguidores se muestran decepcionados, si no violentos. ¿Qué pasa, que nos cansamos de sonreír? ¡A mí me gustaría verte levantándote a las cinco de la mañana para ir al curro, mamón! Por eso no hay más remedio que entrenar horas y horas en los entornos más hostiles y aficionarse a reuniones de trabajo, velatorios y comidas familiares.

Inevitablemente, un día te haces mayor, reconoces el fin de tu carrera y das una rueda de prensa de despedida en la que incluso te permites el lujo de soltar una lagrimita.

Está acabado - murmuran tus fans.

Y tú haces enormes esfuerzos por retener una sonrisa que surge de manera espontánea, no sea que a los patrocinadores se les ocurra volver a marcar tu número de teléfono.

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